No se movía nada, todo estaba parado, esperando ante las atentas miradas de las enormes gaviotas que rondaban por la zona, la llegada de hordas de viajeros que se pensaban que eran trotamundos.
La falta de viento y el aumento de la temperatura y el sol cálido anunciaban el bullicio por el casco antiguo y las zonas cercanas al puerto. Ya se podían imaginar llenas las calles de gentes, atraídas por querer ver un paisaje que, por mucho que se lo imaginaran y contaran, no iban a poder conocer como realmente se conoce en el día a día, en lo cotidiano de las vidas de cada una de las personas, en la quietud de y frío del invierno, donde se dan situaciones que atronan un imponente silencio después de que el mercado de pescado cierre sus puertas a manguerazos de agua. Un lugar en el que es impresionante cruzarse con los habitantes que rutinarios bajan a Sa Plaça a comprar hortalizas o pescado, que luego cocinarán tras sus verdes ventanas con marcos y contraventanas de madera. Un lugar adoquinado de arena lleno de rincones preciosos desde los que sentarse y poder mirar es cel i escoltar es vent.
Sa Plaça, Mó. 22/04/2012