Una luz, un rayo de luz, un haz de rayos, que atraviesan todo el espacio a su paso hasta estrellarse contra el suelo lleno de hojas. Entran por la brecha y cruzan el dosel y llegan hasta el fondo del bosque donde se proyectan contra el suelo de forma oblicua dibujando extrañas formas.
Polvo, trocitos de plantas, de insectos, de suelo, de hongos, de nosotros mismos, partículas que respiramos. Se pueden ver flotando a través del rayo de luz, de su proyección, se les descubre flotando libres, hasta que salen de la luz y vuelven a desaparecer, invisibles, no hace viento. Tanta luz entra que difumina hasta los colores, hace que se confunda el marrón con el verde, el granate de la corteza de pino con el marrón de la tierra, en cambio las partículas de polvo que la cruzan, se pueden ver en un blanco perfecto, se aprecia su relieve, su forma irregular, su proyección, su rotación y su traslación incluso su trayectoria hasta desaparecer al cruzar la luz. Una parte brillante y otra oscura.
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